Ricky Gervais reflexionando sobre la fama

Para quien no conozca a Ricky Gervais, he de decirle que es un cómico británico que está haciendo algunas de las cosas más interesantes que se han podido ver en los últimos tiempos, casi siempre junto a su amigo el también británico Stephen Merchant. Muchos lo conocerán por su gran éxito The Office, pero yo me quedo con otra pequeña gran joya: Extras. En ella, Ricky Gervais interpreta a Andy Millman, un aspirante a actor cuarentón que vive una odisea para alcanzar su sueño, con unos desternillantes desarrollos que alguna vez resultan dramáticos.
Para cerrar la serie se grabó un capítulo especial de hora y media, a modo de película. En este genial episodio, Gervais realiza una de las mejores interpretaciones que se han visto en televisión en los últimos tiempos, y puede incluso resultar raro (para quien no haya visto o seguido la serie) el hecho de que la escena siguiente provenga de una serie de humor, cuando es tan dramática y dura. En ella, el personaje de Gervais, que vive un mal momento profesional, recurre a lo que siempre dijo que no recurriría: a participar en el Gran Hermano Vip. El resultado (aunque sería mejor que se viera el capítulo entero para captar toda la fuerza de la escena, y ya la serie entera sería lo ideal) no puede ser más potente...



Impresionante, lo sé. Os invito a ver la serie entera (dos temporadas de 6 capítulos de media hora cada una, además de este especial de hora y media), seguro que os enamoraréis de sus personajes y del humor británico que desprende. Lo triste es que durara tan poco tiempo. Lo bueno no debería acabarse, pero tal vez entonces no sería tan bueno...

¡Qué coño, llegó el otoño!

(Artículo publicado en el semanario GENTE de Albacete, el 28 de septiembre de 2009).
La semana pasada hablé del genial Ibáñez, creador de Mortadelo y Filemón entre otros, y me he sentido obligado a titular este artículo con una rima muy a su estilo. Y es que estoy feliz —bueno, casi—, porque ya ha llegado el otoño, la estación marrón, romántico-melancólica, que igual te empuja al suicidio que te hace buscar pareja —aunque lo cierto es que esto son dos caras de la misma moneda—.
Bajan las temperaturas y los cristales se ven visitados por la lluvia. La lluvia otoñal repiquetea de un modo diferente a las demás lluvias estacionales, como si estuviera conducida por un director de orquesta. Las hojas caen al suelo, alfombrando las aceras con tonos ocres y dorados. Y las fotos, ¡oh, las fotos!, quedan mejor que nunca. ¡Cómo quedan las fotos en otoño!
Empieza la Champions League, la vuelta al cole colapsa las librerías y papelerías, y el fondo de armario se reproduce en abundancia. Y con timidez, las primeras faringitis —y otras cosas que acaban en itis— anuncian que un día, más temprano que tarde, llegará el general invierno.
¿He hablado ya de lo bien que quedan las fotos en otoño? ¿Y de los jerseys? No, de eso todavía no he hablado. ¡Qué gusto poder ponerte algo de ropa tras un largo y tórrido verano! ¡Qué mono de tela! Necesito combinar colores y tejidos, como si fuera imbécil. ¡Viva el otoño! Esa época del año en la que te das cuenta de que has engordado y decides apuntarte al gimnasio, a ver si consigues parecerte al tipo ese que sale en tus viejas fotos. ¿Plan bikini? ¡Y un huevo! ¡Lo que mola es el plan otoño!
Y vuelven también los programas habituales de radio y televisión tras el descanso veraniego. La ciudad va cogiendo ritmo poco a poco, al igual que lentamente aparecen los vapores suspendidos de respiraciones y tubos de escape. ¡Es la fuerza de la estación color nuez! ¡El reverso tenebroso de la primavera! El invierno le pone una mano al otoño en el hombre y le dice: -“Yo soy tu padre”.
El otoño es el hijo que salió artista, la oveja negra de la familia. El otoño es sutil, no te das cuenta de cuándo llega ni de cuándo se va. El otoño es Michel Corleone con remordimientos tras asesinar a su hermano Fredo. El otoño son las viejas canciones de Bob Dylan y una vieja calle de Nueva York. El otoño son los tejados de las casas que pintan los niños. El otoño es una mujer atractiva paseando a un perro que se parece a Lassie. El otoño es un vampiro victoriano relamiéndose los colmillos, impecablemente vestido, observando su inexistente reflejo en el espejo de un armario de luna.

La historia de los tres traidores del oeste americano

De todas las antiguas historias y leyendas del salvaje oeste americano, desde la búsqueda de la redención de Buffalo Bill al duelo en el O.K. corral, pasando por la matanza de Little Big Horn, hay una que todavía hoy hace que aquellos que la narran escupan al suelo: la historia de los tres traidores. Tres nombres malditos dentro de esa eterna narración de mitos escrita con sangre y duelos al sol: Pat Garret, Jack McCall y Robert Ford.

Pat Garret es famoso por acabar con la vida de William Bonney, más conocido como Billy el niño, cuando el famoso forajido tenía 21 años de edad. Muchos podríamos pensar que Pat Garret fue considerado un héroe por terminar con los días de un peligroso criminal, sin embargo, en aquellos tiempos los forajidos de leyenda eran los personajes de las novelas de aventuras, y sus vidas eran narradas a través de todo el país, en aquellos tiempos de fronteras diluidas en los que la razón la daba el cañón de un Colt Navy. Billy era un asesino, pero sobre todo era una estrella. Pat Garret, para colmo, había sido su amigo, y aceptando una recompensa de 5.000 dólares de la época y un puesto como sheriff, salió a la caza de su antiguo compañero de fatigas. Sin embargo, Billy que todavía confiaba en Garret, lo dejó acercarse, ya que este presuntamente le avisó de todo el asunto prometiéndole tiempo para huir. Finalmente, Garret y sus hombres lo cercaron en Fort Summer. Billy, que todavía confiaba en su viejo amigo, fue a encontrarse con él entrada la noche, desarmado. Desde la penumbra pronunció sus últimas palabras (que por cierto, fueron dichas en castellano): -¿Quién anda ahí? ¿Eres tú, Pat?. La única contestación que encontró fue el del disparo del rifle Sharps de Garret, escondido tras las sombras. Para muchos, aquello lejos de ser una gesta, fue un asesinato, una traición que había acabado con una leyenda del oeste más auténtico. Aquel recuerdo acompañó a Garret durante el resto de su vida, mientras la gente seguía comprando novelas que contaban las aventuras de Billy el niño. Finalmente, algunos años después, Garret encontró la muerte a manos de un hombre llamado Jesse Brazel, que alegó legítima defensa y que fue declarado inocente, ante la algaravía popular...

La historia de Robert "Bob" Ford es la más triste e irónica de todas. Todavía hoy se le llama el pequeño cobarde traidor. Desde muy pequeño sintió una fuerte obsesión por el forajido de leyenda Jesse James, que por aquel momento gozaba del cariño popular (se hablaba de él como un héroe), al cual idolatraba hasta cotas enfermizas. A los veinte años, y gracias a que su familia tenía buenos contactos con la banda de los hermanos James (los Ford formaban buena parte de la banda), pudo entrar en el grupo y conocer a su ídolo. Bob Ford era frecuentemente motivo de mofa, tanto por su familia como por los hermanos James (Frank James le mostró su odio de forma directa diciéndole que si volvía a acercarse a él lo mataría). Años después, con un Jesse James cansado y enfermo, el gobernador de Misuri ofreció una suculenta recompensa por su captura o muerte. Algunos miembros de su banda comentaron la posibilidad de entregarlo, lo que llegó a los oídos de James, generando un ambiente paranóico tanto en él, como en los sospechosos de la traición. Tras una serie de muertes, los Ford se encontraban aterrados ante la idea de que Jesse James pudiera ir a por ellos. Charlie Ford, hermano mayor de Robert, que además era un gran amigo de James, intentó que todo se calmara, pero en una de sus aventuras, mientras descansaban en casa de James, Robert aprovechó un descuido (muchos dicen que Jesse James estaba tan cansado de todo que prácticamente forzó la situación a forma de suicidio asistido) para disparar a Jesse en la cabeza, por la espalda, como ya hiciera con el primo de James, Wood Hite un año antes. Jesse murió ante sus dos hijos pequeños y su mujer, y Ford se disculpó alegando que tenía que hacerlo. Realmente Ford tenía miedo de James, pero también es cierto que el gobernador le había amenazado con encerrarlo si no entregaba a James en un corto plazo, y además quería la recompensa. Al principio, Ford se sintió muy orgulloso de su gesta, y se presentaba como "el hombre que mató a Jesse James". Creía que se convertiría en una leyenda del oeste, pero desde el primer momento el pueblo le dio la espalda. Empezó a realizar obras de teatro en las que repetía el asesinato de James con su hermano Charlie, que sin poder soportar el peso de la traición y enfermo, se suicidó de un disparo un par de años después. Ford empezó a ser motivo de mofa y humillación por aquellos que lo rodeaban. Se decía que lo único que se debía hacer para sobrevivir a un ataque de Bob Ford era no darle la espalda. Ford empezó a ser perseguido por el fantasma de James en sus pesadillas. Todavía era su ídolo, aunque hubiera acabado con su vida. Ford recibió miles de cartas con amenazas de muerte e insultos. Su vida en sus últimos años de edad regentando un par de salones y encerrado en su casa (donde la leyenda cuenta que no hacía otra cosa que sacar cartas de una baraja, y en todas veía su muerte) no fue otra cosa que triste. Robert Ford recordaba con cariño los años en los que había estado junto a James, y se arrepentía de haberlo matado. Cuando tenía treinta años, un hombre llamado Edward O'Kelley entró en el salón cargando una escopeta de dos cañones, dijo: -"Hola, Bob". Y cuando Ford se giró, le disparó acabando con su vida. Fue condenado a 62 años de cárcel, pero el gobernador, tras recibir miles de peticiones de libertad al ser considerado como un héroe por el pueblo, lo liberó por motivos médicos tras poco menos de siete años. Nadie se acordaba (o quería acordarse) de Robert Ford, y todo el mundo se refería a O'Kelley como "el hombre que mató al hombre que mató a Jesse James".

De los tres, seguramente el más infame de todos fue Jack McCall, el asesino del héroe del oeste americano Wild Bill Hickock, aventurero fronterizo y hombre de ley. Corría el año 1876, y Wild Bill entró en el salón de una pequeña población fronteriza (posteriormente mítica dentro de la historia del oeste) de mineros situada en territorio indio llamada Deadwood. Wild Bill, gran jugador de póker, decidió unirse a una buena partida que se estaba jugando. Él siempre se sentaba de espaldas a la pared, nunca dando la espalda a la puerta o a una abertura desde la cual pudieran atacarle, pero en aquella ocasión nadie quiso cederle uno de esos sitios alegando que tenían una racha y no querían cambiar. Las ganas de jugar de Bill pudieron más que sus viejas manías, y decidió, por primera vez, dar la espalda a la puerta y la barra. En esa mesa estaba Jack McCall, un cazador de búfalos venido de Kentucky para buscar suerte como minero. La tarde no le estaba dando nada bien, y finalmente perdió todo su dinero. Wild Bill, decidió tener un gesto con él y se ofreció a pagarle una comida y alojamiento para la noche, pero McCall, en avanzado y agresivo estado de embriaguez, recibió aquel gesto como una burla y le amenazó. Wild Bill, que en otro tiempo hubiera liquidado al tipo sin problemas en un duelo, decidió que su actual paz y tranquilidad no iba a verse quebrada por un pobre hombre borracho que no había tenido suerte con las cartas, así que decidió dejarlo pasar. Un rato después, Jack McCall entró en el salón con un Colt 45 escondido en la camisa, se acercó a Wild Bill y le disparó por la espalda en la cabeza. Wild Bill cayó de su silla, aferrando las cartas con su mano (dobles parejas de ases y ochos, conocida como la mano del muerto). Al día siguiente se celebró un juicio en el mismo Deadwood en el que McCall aseguró que estaba vengando la muerte de su hermano a manos de Wild Bill en Abilane unos años antes. El jurado le declaró inocente para escarnio de la prensa local, que tituló con ironía: "Si alguna vez tuviera la desgracia de matar a un hombre, podría pedir tranquilamente que el juicio se desarrollara en alguno de los campamentos mineros que hay por estas colinas." McCall huyó a Wyoming ya que no eran pocos los que querían vengar la muerte de Hickock (entre otros Calamity Jane, o Juanita Calamidad, supuesta amante de Wild Bill), donde empezó a alardear de haber matado a Wild Bill en un duelo justo, por lo que se presentaba como un experto pistolero. Sin embargo, en Yankton (Dakota), alegaron que sería juzgado de nuevo al no considerar válido el juicio de Deadwood. McCall fue condenado a la horca, en la que murío en 1877, menos de un año después de la muerte de Bill. Tras su muerte pudo atestiguarse que su historia alegada en el primer juicio era falsa, ya que nunca había tenido un hermano varón, y la prensa se felicitó por haber destapado la historia de un fanfarrón pendenciero y asesino que había acabado con uno de los grandes héroes de la época.

El cinéfago: La trilogía perfecta de El Padrino


Sin lugar a dudas, la santísima trinidad del cine no es otra que la historia de la más famosa saga mafiosa de la historia. Hoy voy a analizar las tres películas como un todo (y no como un toro, que decía Jesulín), ya que si por separado resultan geniales películas, juntas forman un tridente cinéfilo absoluto. Un apunte: la tercera parte ha sido bastante criticada, y si bien es cierto que es un tanto irregular y claramente inferior a las dos primeras (como sucede con casi cualquier película), sigue siendo una buena obra, y es su carácter redentor y finalizador de la saga lo que la convierte en imprescindible.
¿Qué es El Padrino? ¿Una historia de mafiosos? Bueno, pues sí, pero ese sería un análisis bastante cutre y salchichero, que diría Arús. El Padrino es una tragedia clásica en toda regla. Tenemos todos los personajes clásicos adaptados a ese mundo de gángsteres y asesinos. Vito Corleone (Marlon Brando) es el personaje clásico del rey, el patriarca; Sonny (James Caan), es el príncipe rebelde; Fredo (John Cazale), es el traidor débil y enfermizo, etc... Pero esto resulta demasiado obvio. Me gustaría, no obstante, recalcar de nuevo que el análisis de la trilogía debería realizarse sobre las tres películas.
Podemos sentirnos empujados a amar a sus personajes, y del mismo modo, podemos engañarnos pensando que Michael Corleone, el absoluto protagonista de la saga (con permiso de Vito Corleone en la primera parte ), es "el bueno de la película". Nada más lejos de la realidad. Michael es el villano. Sí, es cierto que hay otros peores y que se les considera "los malos" (Barzini, Sollozzo, Roth, Altobello, etc), pero Michael es el peor de todos, por que es el que se corrompe, el que se convierte en lo que más odia. Y lo peor de todo, es que nada es eventual, todo lo que sucede, sucede por su culpa, por sus decisiones, las cuales también sufrirá.
Michael cae en una red de malas decisiones morales que conllevan acciones de villano. Cada paso que da, le aleja de la realidad y lo adentra en la oscuridad. Michael vive una huida hacia delante que le niega absolutamente la redención (y esto es muy importante), corrompiendo a todos los que se encuentran cerca de él. A diferencia de lo que suele suceder en una película, Michael Corleone sufre un cambio moral al principio de la saga, y no al final. Desde el momento del cambio, solo tiene un pensamiento: la venganza. Este deseo se convierte en una mera escusa a medida que avanza la historia. Michael le coge gusto al poder, pero obviamente hay un precio que pagar. Michael Corleone está condenado a perder todo aquello que ama y que lo hace un hombre bueno. Michael mata, aunque nunca lo haga físicamente, a todos. Mata a su cuñado Carlo tras el bautizo de su sobrino (del que es padrino); mata su propio hermano cuando al sentirse traicionado; mata a su amada mujer, Apolonia, en un atentado que debía acabar con su propia vida; mata a su hija. Y aunque no mueren, también destruye a otros personajes, como Kay (la madre de sus hijos y el amor racional) o su hermana Connie, a la que convierte en un clón más perfecto de su misma persona, forzándola a sacrificar todo lo que ama. Michael en todo momento se justifica a sí mismo con la idea de que el mundo que lo rodea es más corrupto que él. Un mundo de políticos interesados, policías que se venden y asesinos a sueldo.
Si el joven Vito Corleone es el que inicia todo (en la segunda parte), en todo momento tiene un aura de grandeza. Sabe que lo que hace no está bien, pero desde el primer momento busca la redención. Michael no busca la redención hasta que lo ha perdido todo. Michael es cada vez más ególatra y egoista, si bien es cierto que las situaciones ponen todo de su parte para que así sea, pero es que Michael tiene la capacidad de decidir, mientras que todos los demás son peones.
En la tercera parte de la saga (y ahora verán por qué es indispensable para que las tres películas queden redondas), Michael mira atrás y no le gusta lo que ve. Es ahora, y solo ahora, cuando Michael busca la redención, la necesita, pero no la encontrará, es demasiado tarde. Todos los fantasmas de su pasado se le aparecen, y la culpabilidad por las consecuencias de todas sus acciones salen a la luz. El amor sacrificado, la belleza perdida, la bondad malgastada, el hermano asesinado... Lo peor para él, es que se da cuenta de que, solo destruye aquello que ama, y precisamente está dispuesto a sacrificarlo por conseguir su meta, que no es otra que la venganza. Es entonces cuando comprende la grandeza de su padre y las miserias de su mundo. Las conocía, pero no era consciente de ellas, se engañaba a sí mismo para no verlas. No puede cambiar, quiere, pero no puede, y como acto final muere su hija, en Sicilia, su tierra natal, como sucediera con su joven mujer muchos años atrás, Apolonia. Las raices exigen el sacrificio, la sangre llama a la sangre. Entonces lo pierde todo, absolutamente todo. Se siente asqueado de su poder y lo delega, se va a vivir tranquilamente al campo para envejecer y ver pasar los años, intentado olvidar, buscando el perdón por sus actos (pero no hay nadie ahí para perdonarle), completamente solo (la soledad de Michael, siempre rodeado de gente, es absoluta en las tres películas). Michael sabe que la redención solo llegará con su propia muerte, y es esa muerte tranquila (similar a la de su padre), bucólica, en su vejez de hombre consumido y cansado, en su casa, en su tierra Siciliana, en sus raices, una bella manera en la que esta por fin le alcanza. Solo hay un perro allí para acompañarle, pero Michael por fin es feliz, porque el dolor acaba y la redención ha llegado.

La verdad sale a la luz... - El genial vídeo de Red Hat

Utilizando las palabras de Gandhi: "Primero te ignoran, luego se ríen de ti, luego luchan contra ti, y al final ganas...", es su lucha contra un poder muy superior, Red Hat realizó un genial vídeo en homenaje de aquellos que hicieron oídos sordos a todos aquellos que decían que era imposible, que las cosas debían ser como son, que nada podría cambiar y que todo estaba ya inventado. Todo para mostrar que Linux es una realidad de la que muchos en su momento también se rieron...


CINEMAPOP: El cine y la cultura popular


Vivimos tiempos de crisis en esto de la publicación de libros, así que mientras sigo peleándome con las editoriales para sacar el libro como quiero (con un montón de fotos y una edición chula y cuidada), he decidido publicar la obra en BUBOK (Pulsa aquí para recibir más información), además de, como siempre, ofrecer la descarga gratuita en PDF para quien le apetezca pasar un rato divertido leyendo sobre el cine y el impacto que este ha tenido sobre la cultura popular (y viceversa), siempre desde un punto de vista informal y divertido, porque para aburrir ya hay otros. Espero que os guste...

Johnny cogió su fusil (1971)

En 1939, el guionista y escritor Dalton Trumbo (perseguido por el macartismo y sus vergonzosas listas negras), escribió una novela antibelicista, que defendía ideas como la eutanasia y el pacifismo, y cuyo argumento se centraba en la "vida" de un joven soldado que es herido en la guerra y queda ciego, sordo, mudo, sin gusto ni olfato, y con los brazos y las piernas amputadas. En 1971, el propio Trumbo la adaptó al cine (aunque él deseaba que la hubiera grabado años antes Luis Buñuel). Y así se creó una película antibelicista, agónica y asfixiante, que a mí personalmente me parece una de las mejores y más aterradoras películas de "terror psicológico" (si me permiten la licencia) que han existido. Así que para todos los imbéciles que con ideas de grandeza se visten con una bandera y mandan a sus hijos a morir y matar entre vítores, les invito a ver esta película. Se verán convertidos al instante en algo mucho mejor...